lunes, 6 de agosto de 2012

El peso de una vida

Las huellas que dejó por el camino, los recuerdos que renacen, las pequeñas notas olvidadas en algún cajón. Pequeños detalles que miden el peso de una vida, ya pasada, en las personas que la rodearon.

Tras cinco años de su partida, sigo descubriendo detalles de la persona que fue mi abuela, tan importante para mí.
La primera vez que descubrí la magia del séptimo arte fue yendo con ella de la mano, con pasos torpes y sentada en una butaca no lo suficientemente alta como para que la baranda del gallinero del Cine Calderón de Motril interrumpiera mi visión de la pantalla. Aún con la baranda de por medio, en cuanto la sala oscureció y las imágenes comenzaron a danzar en la pantalla, me dejaron hipnotizada. La historia de la película "Bambi" hizo el resto.
Pasión aún mayor por el cine era la que debía sentir mi abuela, que casi disfrutaba más que sus nietas cuando nos llevaba al cine y, tal y como me contó hace poco mi madre, no concebía un fin de semana, o miércoles (de todos conocido "Día del Espectador") sin las historias que transcurrían en la gran pantalla.
Tanto es así que, en caso de pasar un periodo de apretarse el cinturón, ella misma decía que prefería no comer a privarse de ir al cine.
No me cuesta imaginar las noches en que arrastraría a mi abuelo al cine, después de que este último saliera de una dura jornada de trabajo y, por el cansancio, se quedara dormido en la butaca de al lado (en nuestra familia somos de sueño fácil). Ella, mientras tanto, quedaría hipnotizada por la película de la semana, tal vez viendo una del Oeste, un musical romanticón con rubias oxigenadas y galanes engominados de aspecto impecable o, quién sabe, tal vez viendo a Judy Garland recorrer el camino de baldosas amarillas.

Hoy es esta huella la que ha renacido entre los recuerdos de quienes la conocieron, mañana quizás sea su pasión por la pintura o las ganas de aprender que nunca dejó a un lado, las que me lleven a descubrir más detalles de la persona que fue mi abuela, pero mucho me temo que nunca dejaré de recorrer este camino de baldosas amarillas.